Entre la miseria y la zozobra

Ángeles Mariscal, corresponsal

LA JORNADA

Ariaga, Chis., 12 de febrero. Irma Elizabeth Areval de Morataya salió de El Salvador el 2 de enero de 1981, cuando tenía 21 años de edad. Pretendía encontrarse con su esposo en Estados Unidos, y posteriormente mandar por sus tres hijos, para librarlos de la guerra civil en su país. No se volvió a saber de ella.

El esposo de Elizabeth se volvió a casar; sus hijos apenas la recuerdan porque cuando partió tenían menos de cuatro años, pero Irma, su anciana madre, dice que no quiere morir sin saber qué fue de su hija, aunque guarda pocas esperanzas de encontrarla.

El pasado 9 de enero, 26 familiares de migrantes muertos o desaparecidos salieron de El Salvador. Se calcula que al menos la cuarta parte de la población de ese país radica en Estados Unidos y en otros países menos.

Con apoyo de la organización no gubernamental Centro de Recursos Centroamericanos y del grupo católico Nuestros Lazos de Sangre, Un Mundo sin Muros, familiares de migrantes lograron que el gobierno mexicano les otorgara una visa humanitaria para buscar a sus desaparecidos. Recorren las vías del tren desde la ciudad fronteriza de Tapachula, Chiapas, hasta Ixtepec, Oaxaca. Preguntan a los lugareños, hablan con autoridades.

El registro que llevan señala que algunos migrantes dejaron El Salvador en 1981, otros apenas en 2007.

Rafael Benjamín salió del departamento de Usulután, en la zona oriental de El Salvador, el 12 de diciembre de 1989. Trabajó algunos meses en una platanera del municipio de Huehuetán, Chiapas.

Una mujer con la que Rafael convivió en Huehuetán envió a Ana Margarita, madre del migrante, el pasaporte de éste, que presuntamente lo olvidó antes de continuar el viaje rumbo a Estados Unidos. Fue la última noticia que tuvo de su hijo.

Ana Margarita dijo estar llena de remordimientos por haberlo dejado partir, y recuerda que un día antes discutió con él y se negó a pagarle a un coyote que lo llevara directamente a Estados Unidos.